De mi Homero

La noche se posó en la copa de las cavernas,
 por las ramas del ánima la oscuridad trepa,
 ahí va,  pregonando lo que confesa. 
Ella es bella, es torbellino, es una estrella; muchas rodillas hincadas cuando su pecho al aire vuela. 
Huellas de fe se adelantan ,
 tempestades acarician su cabello
 antes que un rayo de luz le dedique una ofrenda de lauros frescos.
 No temas mi niña...
los necios ignoran que la voluntad es eterna,
 y que la vara de Moisés los mares doblega.

5×5=25

Sales de tu casa con la certeza de que hoy es el último día en que la tienda que provee tu materia prima para trabajar tendrá algo para vender.

Igual vas, porque quieres constatar que lo que ya sabías que sucedería, es un hecho. La chica zombie detrás del mostrador, no sabe bien qué va a pasar pero no le preocupa mucho. El 2021 comenzó con aumento de salario para el sector estatal, así que algo la pondrán a hacer para justificar su pago.

Del lado tuyo ya la cosa cambia. Te vas, arrastrando los pies y la cabeza a punto de explotar porque todo está patas arriba.

0 materia prima = 0 producción. Lo que se traduce en:

0 ventas = 0 salario

Tus ahorros ya se fueron, en dos meses hará un año que llegó la Covid. Nada de pagos, de alguna ayuda para tí en ocho meses; pero sí… al final del año sí pagaste tu Seguridad Social.

Vas regresando a casa, en el camino hay que agarrar todo lo que te pase por al lado, o pasar tú por dónde puedas encontrar algo. Te llegas hasta la preciosa «Casa Rosada», no hay pan pero compras algunos dulces que te alegrarán el día.

Sales con la bolsa, la mochila y el pomito con alcohol, todo en las manos. El sudor te corre por la cara, se te empañan las gafas con tu respiración y la mascarilla, la gente a tu alrededor parecen hormigas locas. Ves salir a alguien con una rueda de cigarros del «Mekong», miras hacia la puerta de la tienda y casi te desmayas al descubrir que no hay cola.

Es esta tu oportunidad de no pagar en unos días la caja de cigarrillos a más de 35 pesos. Sabes que lo vas a dejar, pero será cuándo tú quieras, te repites lo mismo todos los días. Marcas, eres el cuarto, pero desde que pides el último ya estás arrepentido. La señora que dirige la cola casi te come porque no sabes que tienes que darle el carné de identidad. Se demora un siglo en escanearlo, ya te toca. Cuando te lo devuelve vas hacia la puerta, YA TE TOCA, pero no… vuelve a gritarte que tú no entiendes nada, ella es la que manda a pasar.

Te llenas de paciencia, no quieres faltarle el respeto. Cuentas hasta mil cuando te hace regresar para esperar por su voz de mando, pero al fin entras; no debe tomar mucho tiempo.

Le pides al dependiente una rueda de Populares Rojos (para quién no fuma, una rueda de cigarros trae 10 cajas). Mueve la cabeza negando y te dice que sólo puede venderte 5 cajas de un mismo tipo; que puedes comprar de todos los cigarrillos que tienen disponibles, pero sólo 5 cajas. Miras a tu alrededor y te das cuenta que tienes cuatro tipos de marcas a escoger además de la que fumas tú, sacas tu cuenta y según lo que te acaban de decir puedas salir de la tienda con 25 cajas de cigarros, pero sólo 5 de las que necesitas.

Replicas, tú no quieres 25 cajas de cigarros, tú sólo quieres 10 de los que tú fumas y no 20 para revender. El compañero se insulta y como dueño de ese corral, según él, te dice que no estés sacando tantas cuentas. Es una resolución administrativa, cerró la conversación.

Y así te vas, con sólo 5 cajas, de las que fumas tú. Porque te niegas a seguirle el juego a tanta estupidez, porque te resistes a dejarte llevar por la marea, porque no te da la gana de que esa sea la forma de ganarte unos pesitos.

Él, ganando un sueldo sin poner las neuronas a funcionar, y tú, tratando de acallar tus neuronas para no estallar.

Mi abuela Ofelia y la lágrima infinita

Ella me habla en poesía. No se siente grandiosa, aunque haya hecho grandes cosas.

Ella me habla en poesía. Escucho sus anécdotas tratando de imaginarme caminando a su lado. Tanto me ha contado, y nunca dejan de moverse nuevos sentimientos.

Ella me habla en poesía. Hoy se descubrió ante mí con las palabras precisas, quizás porque sabe que mi alma está enamorada de su espíritu.

Este fue su regalo para mí:

«¡Esa!… La que en el alma llevo oculta;
la que no salta fuera ni se expande
en la pupila. La que a nadie insulta
en un alarde de dolor. La grande,
la infinita y sombría,
la terca, la traidora, la doliente
lágrima de dolor… ¡lágrima mía!
que está clavada en mí profundamente.
La que no da una tregua ni un consuelo
de dulce sollozar. La que me hiere
y no punza, y no obedece, y pone un velo
turbio en mis ojos. La que nunca muere
ni nace en flor de rostro. La que nunca
refrena su latir; la que no intenta
asomarse a la faz y quedar trunca,
y hace la pena interminable y lenta.
Agua de manantial que va en la sombra
tortuosa de mi yo, tierra maldita
donde no nace planta ni se nombra
ningún nombre de amor… ¡Esa infinita
lágrima es de dolor, sorda y amarga,
que llega hasta mis ojos y no fluye
en catarata ardiente! La que embarga
mi ser y en el silencio se diluye…
Gota que cristaliza y se hace piedra,
dolor que se concreta y se resume;
planta parásita como la hiedra
que trepa al corazón y lo consume.
Infinito dolor sin esperanza
de resolverse en líquido siquiera.
Invierno seco y duro que no alcanza
a transformarse luego en primavera.
Nieve perpetua sin ningún deshielo.
Polo desierto que en la ardiente entraña
anhela el húmedo calor del cielo,
que ni lo fertiliza ni lo baña.
Lágrima que no alivia la tortura
de los ojos cansados de infinito.
Lágrima que no cura la amargura;
que no es queja, ni expresión ni grito.
Cántaros secos, áridos, mis ojos.
Páramos sin frescura ni rocío.
Febricitantes de escrutar los rojos
límites del espacio y del vacío.
¡Esa…! La que no llega ni ha llegado
ni llegará a los ojos nunca… ¡nunca!…
Mí lágrima tenaz, que no ha mojado
el Sahara estéril de mi vida trunca;
esa… no la verás, porque en la calma
de mis angustias se ha trocado en perla.
Para verla hace falta tener alma,
y tú… ¡no tienes alma para verla!»

Hilarión Cabrisas.

El niño que sabía dibujar

Sus amiguitos lo miraban como a un héroe, esperando impacientes su turno para que «Piti» decorara sus libretas con los muñe de moda. Voltus V, Mazinger y Superman volaban por toda el aula, aunque este último no podía quedar en ninguna carátula, su lugar era la mochila, bien escondido. Ellos no sabían muy bien porqué, pero cuando la maestra descubría ese tipo de dibujos hablaba de «diversionismo-algo», lo que era igual a ponerse brava y terminar algunos en la dirección.

Pero Piti, por su gran talento, siempre era escogido para participar en los concursos que convocaba la escuela. No importaba el nivel, Piti resultaba triunfador. Sus maestros felices – ¡Oh, orgullo de Luis Alfonso Silva Tablada! – y él, capaz de llevar al papel lo que pintaba en su mente, disfrutaba ser motivo de tanta felicidad.

Y llegó el tan esperado 4 de abril, con una connotación diferente para los niños de Cuarto Grado pues sería el último curso en su querida escuela. Para conmemorar la fecha se darían los resultados de un concurso de dibujo organizado por el Municipio: «Mi escuela, la más bonita».

No sólo Piti, sus amigos también sabían que sería el ganador. El niño se había esmerado mucho. Todas las tardes, al terminar sus clases, se sentaba en la acera de enfrente para mirar su escuela desde otra perspectiva. No quería que se le escapara ningún detalle, muy importantes para él a la hora de dibujar. Y sabía que lo había logrado, se sentía orgulloso de su obra; sobre todo porque a pesar de sus esfuerzos no había podido evitar que, algunos curiosos, vieran su dibujo en el momento de la entrega. Todos quedaron maravillados y algunos de los participantes sin esperanza a lugares.

Pero esa mañana, al llegar a su aula, no parecía un día de celebración. Su maestra lo miró muy seria y sin darle tiempo a preguntarse qué pasaba le dijo:

– ¡Vamos para la dirección!

El camino hasta allá se le hizo eterno, buscaba en su mente las razones para eso. Al llegar a la puerta de la temida habitación su maestra casi susurró:

-Ahora vas a tener que explicar porqué pintaste tu escuela tan fea.

Antes de que pudiera reaccionar ya estaba sentado en una silla, no entendía nada. La directora y un señor que no conocía no paraban de preguntarle sin sentidos y a cada pregunta, sus respuestas, parecían agravar la situación.

– ¿Esta es tu escuela? – le preguntó el señor moviendo el dibujo.

– Sí – respondía el Piti.

– ¿Pero niño cómo tu vas a decir que esa es tu escuela? – decía la directora casi en súplica.

– ¡Esa es mi escuela maestra! – volvió a responder el niño ya con ganas de llorar.

El alboroto era mucho, el señor salía y entraba, tomó una hoja de papel en blanco y le dijo, en tono condescendiente:

– No te vas hoy de aquí hasta que pintes tu escuela bien. Te voy a dar otra oportunidad.

¿Bien?, entendía cada vez menos, pero no se atrevía a preguntar. Los mayores cuchicheaban en el pasillo, lo miraban, molestos; oía sus frases, entrecortadas, hasta que volvió a escuchar las palabras «diversionismo-algo» que congelaron su corazón. Sabía que estaba en problemas, lo que no sabía porqué.

Con miedo, tembloroso, comenzó a marcar los primeros trazos. En su mente los detalles se pintaban solos: el árbol y las sombras de sus hojas proyectadas en el patio, la fachada con su pintura azul descascarada dónde siempre descubría nuevas siluetas, las grietas de la columna del portal, el busto que les daba la bienvenida, las luces que salían a través de la ventana rota del aula de tercero. ¡Era esa… esa era su escuela!

Pero cada vez que dibujaba algún detalle las hojas volaban por el cielo:

– ¡Otra vez!

– ¡Así no!

– ¡De nuevo!

El niño no contenía el llanto, más por impotencia que por miedo. El es un buen alumno – decía su maestra. El señor desconocido entró de nuevo a la dirección con un montón de papeles bajo el brazo, eran las obras del concurso.

– ¡¿Tú no puedes pintar algo así?!

Piti miró sorprendido los dibujos de sus compañeros, tan coloridos, impersonales y con las típicas figuras de los niños de su edad.

Sus manos fueron nuevamente a la hoja sucia y marcada por las huellas de sus lágrimas, había entendido todo, de golpe. Tomó una crayola, dibujó un cuadrado y dos o tres trazos que no puede recordar.

Aplaudieron los mayores, respiraron sus maestros, – ¡ahora sí! – no paraban de gritar. Recogieron su dibujo, lo incluyeron en el bulto y al fin salió, cabizbajo, corriendo de aquel lugar.

«45»

Sí… puede que para ti también ese sea el número en que te sientas a mitad de camino. A estas alturas son muchos los verbos sumados, todos y cada uno de ellos conforman nuestras historias. Historias simples, otras complejas, unas más lindas, algunas más feas; pero todas singulares, únicas, que nos hacen irrepetibles.

¿Pero cómo nos damos cuenta que estamos a mitad de camino?

No es cuando te descubres dos o tres arrugas que quisieras se perdieran de vista como lo hace el hilo tratando de ensartar una aguja, ni tampoco cuando en la calle escuchas a alguien decir:

– Voy detrás de la «señora».

– ¡¿Perdón?! – tienes deseos de decirle a la mujer que podría ser tu tía.

Es el recuento de nuestros pasos, cuando empiezas a mirar hacia atrás, lo que marca el justo medio. Comenzamos entonces a conectar puntos, a hacer balances, a sacar cuentas. Nos hacemos preguntas que tal vez no tengan respuestas; y vienen los por qué, los cómo, los cuántos, los si yo hubiera y los quizás. Sí… cuando empiezas a mirar atrás, llegó la hora de hacer una pausa.

Una pausa para tratarnos con cariño, una pausa para aprender a mirar. Para conectar los puntos, sí, pero enfocarnos en las conquistas logradas. Para hacer balances, sí, pero enfocarnos en los aciertos. Para sacar cuentas, sí, pero enfocarnos en las ganancias y menos en las pérdidas.

No es secreto para nadie que en «esta etapa» somos un volcán casi siempre a punto de explotar. Mi esposo se lo piensa dos veces para iniciar cualquier tema de debate si estoy en modo «terapia», cómo él dice. ¡Cualquier paso en falso puede desatar una guerra nuclear!

Pero también estoy aprendiendo a mirar atrás de la manera correcta, tomándome mi pausa, para seguir avanzando. Porque tenemos todo un camino que nos queda por recorrer, y tenemos que hacerlo con todas las ganas de vivirlo.

Contamos con una experiencia de vida que no puede ser otra cosa que un arma a nuestro favor y todavía juventud para acomodar nuestras historias. Entonces, soltemos los lastres que nos impidan avanzar, hagamos las paces con las viejas heridas, tomemos las riendas de nuestros anhelos y sigamos guerreando sin miedo a volar.