Sus amiguitos lo miraban como a un héroe, esperando impacientes su turno para que «Piti» decorara sus libretas con los muñe de moda. Voltus V, Mazinger y Superman volaban por toda el aula, aunque este último no podía quedar en ninguna carátula, su lugar era la mochila, bien escondido. Ellos no sabían muy bien porqué, pero cuando la maestra descubría ese tipo de dibujos hablaba de «diversionismo-algo», lo que era igual a ponerse brava y terminar algunos en la dirección.
Pero Piti, por su gran talento, siempre era escogido para participar en los concursos que convocaba la escuela. No importaba el nivel, Piti resultaba triunfador. Sus maestros felices – ¡Oh, orgullo de Luis Alfonso Silva Tablada! – y él, capaz de llevar al papel lo que pintaba en su mente, disfrutaba ser motivo de tanta felicidad.
Y llegó el tan esperado 4 de abril, con una connotación diferente para los niños de Cuarto Grado pues sería el último curso en su querida escuela. Para conmemorar la fecha se darían los resultados de un concurso de dibujo organizado por el Municipio: «Mi escuela, la más bonita».
No sólo Piti, sus amigos también sabían que sería el ganador. El niño se había esmerado mucho. Todas las tardes, al terminar sus clases, se sentaba en la acera de enfrente para mirar su escuela desde otra perspectiva. No quería que se le escapara ningún detalle, muy importantes para él a la hora de dibujar. Y sabía que lo había logrado, se sentía orgulloso de su obra; sobre todo porque a pesar de sus esfuerzos no había podido evitar que, algunos curiosos, vieran su dibujo en el momento de la entrega. Todos quedaron maravillados y algunos de los participantes sin esperanza a lugares.
Pero esa mañana, al llegar a su aula, no parecía un día de celebración. Su maestra lo miró muy seria y sin darle tiempo a preguntarse qué pasaba le dijo:
– ¡Vamos para la dirección!
El camino hasta allá se le hizo eterno, buscaba en su mente las razones para eso. Al llegar a la puerta de la temida habitación su maestra casi susurró:
-Ahora vas a tener que explicar porqué pintaste tu escuela tan fea.
Antes de que pudiera reaccionar ya estaba sentado en una silla, no entendía nada. La directora y un señor que no conocía no paraban de preguntarle sin sentidos y a cada pregunta, sus respuestas, parecían agravar la situación.
– ¿Esta es tu escuela? – le preguntó el señor moviendo el dibujo.
– Sí – respondía el Piti.
– ¿Pero niño cómo tu vas a decir que esa es tu escuela? – decía la directora casi en súplica.
– ¡Esa es mi escuela maestra! – volvió a responder el niño ya con ganas de llorar.
El alboroto era mucho, el señor salía y entraba, tomó una hoja de papel en blanco y le dijo, en tono condescendiente:
– No te vas hoy de aquí hasta que pintes tu escuela bien. Te voy a dar otra oportunidad.
¿Bien?, entendía cada vez menos, pero no se atrevía a preguntar. Los mayores cuchicheaban en el pasillo, lo miraban, molestos; oía sus frases, entrecortadas, hasta que volvió a escuchar las palabras «diversionismo-algo» que congelaron su corazón. Sabía que estaba en problemas, lo que no sabía porqué.
Con miedo, tembloroso, comenzó a marcar los primeros trazos. En su mente los detalles se pintaban solos: el árbol y las sombras de sus hojas proyectadas en el patio, la fachada con su pintura azul descascarada dónde siempre descubría nuevas siluetas, las grietas de la columna del portal, el busto que les daba la bienvenida, las luces que salían a través de la ventana rota del aula de tercero. ¡Era esa… esa era su escuela!
Pero cada vez que dibujaba algún detalle las hojas volaban por el cielo:
– ¡Otra vez!
– ¡Así no!
– ¡De nuevo!
El niño no contenía el llanto, más por impotencia que por miedo. El es un buen alumno – decía su maestra. El señor desconocido entró de nuevo a la dirección con un montón de papeles bajo el brazo, eran las obras del concurso.
– ¡¿Tú no puedes pintar algo así?!
Piti miró sorprendido los dibujos de sus compañeros, tan coloridos, impersonales y con las típicas figuras de los niños de su edad.
Sus manos fueron nuevamente a la hoja sucia y marcada por las huellas de sus lágrimas, había entendido todo, de golpe. Tomó una crayola, dibujó un cuadrado y dos o tres trazos que no puede recordar.
Aplaudieron los mayores, respiraron sus maestros, – ¡ahora sí! – no paraban de gritar. Recogieron su dibujo, lo incluyeron en el bulto y al fin salió, cabizbajo, corriendo de aquel lugar.