Emprender en Cuba

La primera vez que escuché la palabra emprendimiento fue por el año 2007, cuando trabajaba como educadora especial en un país extranjero. Ese término me resultaba tan ajeno como el país donde me encontraba y confieso que nunca sentí que tuviera que ver conmigo como mismo no me sentía en casa.

Llegó el año 2010, apertura del trabajo por cuenta propia. Ya estaba en casa, mi hijo recién nacido y con esa apertura mi oportunidad para probar en un terreno totalmente desconocido para nosotros los cubanos; al menos para los de mi generación hacia abajo, porque nuestros padres sí tuvieron alguna referencia por muchos de nuestros abuelos.

Igual esa palabra no empezó a aparecer en escena, al menos para mí, hasta el año 2013 cuando asistí al curso de «Cubaemprende» y allí, en un mes, además de adquirir las herramientas básicas en diferentes áreas elementales para poder iniciar una actividad económica, lo más enriquecedor fue descubrir que existía un «término» para definir todos los sentimientos que me habían llevado hasta ese justo momento y que habían marcado mi manera de actuar toda mi vida. Ese mismo año fue fundada D’Brujas, una empresa que se dedicaría a elaborar jabones artesanales enriquecidos con ingredientes naturales.

¿Pero qué significa emprendimiento?

En diferentes literaturas se denomina al emprendimiento como la actitud que toma un individuo para iniciar un nuevo proyecto que se desarrolla con esfuerzo, haciendo frente a diferentes dificultades, con el objetivo de llegar a un determinado punto o cumplir una meta.

Siguiendo esa denominación, entonces podríamos decir que un «emprendedor» es una persona con una actitud proactiva ante las dificultades que surgen en el día a día, que transforma las ideas en actos y busca soluciones para alcanzar las metas que se haya establecido. Por supuesto, en el curso estábamos preparándonos para crear una «empresa», aunque el término no puede resumirse sólo a eso, sino más bien ser sinónimo de creatividad, innovación y capacidad de planificar, adaptarse a los cambios y gestionar nuevos proyectos.

Pero en el transcurso del desarrollo del cuentapropismo en nuestro país, alrededor del año 2016, comenzó a otorgársele otra connotación a los llamados emprendedores. Dentro de las definiciones podías encontrar que ser un emprendedor era igual a ser un individuo que:

  • Está promoviendo la diferencia de clases.
  • Está haciendo algo fuera de la ley por eso le va «bien».
  • Tiene dinero o algún extranjero a su lado por eso tiene éxito.
  • Aprovecha las oportunidades que brinda el capitalismo para sugerir a sus compatriotas un modelo poco comprometido con el sistema.

Ser calificado como «emprendedor de primera línea» significaba todo lo contrario a lo que debería ser por definición del término. Y sí, muchas veces se me otorgó ese calificativo como a otros tantos, muchas veces me sentí agraviada por ubicárseme dentro de una denominación que no me define. Recuerdo una muchachita de mi cuadra que llegó un día a mi casa, antes que tuviéramos acceso a la Internet a través del móvil, a pedirme que le buscara en Google un dato para una tarea de la escuela. Yo le dije:

– Mi niña, quisiera ayudarte, pero yo no tengo Internet.

Ella me miró como si le hubiera hablado en otro idioma, sobre todo porque en mi rostro vio reflejada la pregunta que no le hice:

– ¿ Por qué piensas tú que yo tengo acceso a Internet?

Las dos sabíamos la respuesta.

Pero a pesar de todo no desistí. Mi única respuesta al enojo y la frustración fue seguir saltando muros, ser consecuente con lo que decidí construir, no traicionarme amén de dos o tres salidas que algunos hubieran considerado para hacerse la vida más fácil y seguir trabajando como lo hemos hecho desde el inicio.

Y estoy feliz de seguir dando pelea, feliz porque estoy desde el principio y veo lo que hemos avanzado. Veo lo que podemos llegar a lograr cuando terminen de caer las etiquetas y trabajemos todos juntos por nuestra Cuba, no importa desde qué sector lo hagamos.

Entonces siéntete orgulloso de tener una idea que no te deje dormir; por pequeña que sea, si te quita el sueño, puede llegar a ser algo por lo que valga la pena luchar. Prepárate, instrúyete, comprométete; aprovecha el tiempo de reposo al que nos ha obligado este desastre de epidemia mundial.

Cuando todo termine tendremos que reinventarnos. Yo estoy lista para hacerlo, sólo deseo que tú lo hagas con tanto ímpetu que no haya muro que no puedas saltar.

El niño que sabía dibujar

Sus amiguitos lo miraban como a un héroe, esperando impacientes su turno para que «Piti» decorara sus libretas con los muñe de moda. Voltus V, Mazinger y Superman volaban por toda el aula, aunque este último no podía quedar en ninguna carátula, su lugar era la mochila, bien escondido. Ellos no sabían muy bien porqué, pero cuando la maestra descubría ese tipo de dibujos hablaba de «diversionismo-algo», lo que era igual a ponerse brava y terminar algunos en la dirección.

Pero Piti, por su gran talento, siempre era escogido para participar en los concursos que convocaba la escuela. No importaba el nivel, Piti resultaba triunfador. Sus maestros felices – ¡Oh, orgullo de Luis Alfonso Silva Tablada! – y él, capaz de llevar al papel lo que pintaba en su mente, disfrutaba ser motivo de tanta felicidad.

Y llegó el tan esperado 4 de abril, con una connotación diferente para los niños de Cuarto Grado pues sería el último curso en su querida escuela. Para conmemorar la fecha se darían los resultados de un concurso de dibujo organizado por el Municipio: «Mi escuela, la más bonita».

No sólo Piti, sus amigos también sabían que sería el ganador. El niño se había esmerado mucho. Todas las tardes, al terminar sus clases, se sentaba en la acera de enfrente para mirar su escuela desde otra perspectiva. No quería que se le escapara ningún detalle, muy importantes para él a la hora de dibujar. Y sabía que lo había logrado, se sentía orgulloso de su obra; sobre todo porque a pesar de sus esfuerzos no había podido evitar que, algunos curiosos, vieran su dibujo en el momento de la entrega. Todos quedaron maravillados y algunos de los participantes sin esperanza a lugares.

Pero esa mañana, al llegar a su aula, no parecía un día de celebración. Su maestra lo miró muy seria y sin darle tiempo a preguntarse qué pasaba le dijo:

– ¡Vamos para la dirección!

El camino hasta allá se le hizo eterno, buscaba en su mente las razones para eso. Al llegar a la puerta de la temida habitación su maestra casi susurró:

-Ahora vas a tener que explicar porqué pintaste tu escuela tan fea.

Antes de que pudiera reaccionar ya estaba sentado en una silla, no entendía nada. La directora y un señor que no conocía no paraban de preguntarle sin sentidos y a cada pregunta, sus respuestas, parecían agravar la situación.

– ¿Esta es tu escuela? – le preguntó el señor moviendo el dibujo.

– Sí – respondía el Piti.

– ¿Pero niño cómo tu vas a decir que esa es tu escuela? – decía la directora casi en súplica.

– ¡Esa es mi escuela maestra! – volvió a responder el niño ya con ganas de llorar.

El alboroto era mucho, el señor salía y entraba, tomó una hoja de papel en blanco y le dijo, en tono condescendiente:

– No te vas hoy de aquí hasta que pintes tu escuela bien. Te voy a dar otra oportunidad.

¿Bien?, entendía cada vez menos, pero no se atrevía a preguntar. Los mayores cuchicheaban en el pasillo, lo miraban, molestos; oía sus frases, entrecortadas, hasta que volvió a escuchar las palabras «diversionismo-algo» que congelaron su corazón. Sabía que estaba en problemas, lo que no sabía porqué.

Con miedo, tembloroso, comenzó a marcar los primeros trazos. En su mente los detalles se pintaban solos: el árbol y las sombras de sus hojas proyectadas en el patio, la fachada con su pintura azul descascarada dónde siempre descubría nuevas siluetas, las grietas de la columna del portal, el busto que les daba la bienvenida, las luces que salían a través de la ventana rota del aula de tercero. ¡Era esa… esa era su escuela!

Pero cada vez que dibujaba algún detalle las hojas volaban por el cielo:

– ¡Otra vez!

– ¡Así no!

– ¡De nuevo!

El niño no contenía el llanto, más por impotencia que por miedo. El es un buen alumno – decía su maestra. El señor desconocido entró de nuevo a la dirección con un montón de papeles bajo el brazo, eran las obras del concurso.

– ¡¿Tú no puedes pintar algo así?!

Piti miró sorprendido los dibujos de sus compañeros, tan coloridos, impersonales y con las típicas figuras de los niños de su edad.

Sus manos fueron nuevamente a la hoja sucia y marcada por las huellas de sus lágrimas, había entendido todo, de golpe. Tomó una crayola, dibujó un cuadrado y dos o tres trazos que no puede recordar.

Aplaudieron los mayores, respiraron sus maestros, – ¡ahora sí! – no paraban de gritar. Recogieron su dibujo, lo incluyeron en el bulto y al fin salió, cabizbajo, corriendo de aquel lugar.

«45»

Sí… puede que para ti también ese sea el número en que te sientas a mitad de camino. A estas alturas son muchos los verbos sumados, todos y cada uno de ellos conforman nuestras historias. Historias simples, otras complejas, unas más lindas, algunas más feas; pero todas singulares, únicas, que nos hacen irrepetibles.

¿Pero cómo nos damos cuenta que estamos a mitad de camino?

No es cuando te descubres dos o tres arrugas que quisieras se perdieran de vista como lo hace el hilo tratando de ensartar una aguja, ni tampoco cuando en la calle escuchas a alguien decir:

– Voy detrás de la «señora».

– ¡¿Perdón?! – tienes deseos de decirle a la mujer que podría ser tu tía.

Es el recuento de nuestros pasos, cuando empiezas a mirar hacia atrás, lo que marca el justo medio. Comenzamos entonces a conectar puntos, a hacer balances, a sacar cuentas. Nos hacemos preguntas que tal vez no tengan respuestas; y vienen los por qué, los cómo, los cuántos, los si yo hubiera y los quizás. Sí… cuando empiezas a mirar atrás, llegó la hora de hacer una pausa.

Una pausa para tratarnos con cariño, una pausa para aprender a mirar. Para conectar los puntos, sí, pero enfocarnos en las conquistas logradas. Para hacer balances, sí, pero enfocarnos en los aciertos. Para sacar cuentas, sí, pero enfocarnos en las ganancias y menos en las pérdidas.

No es secreto para nadie que en «esta etapa» somos un volcán casi siempre a punto de explotar. Mi esposo se lo piensa dos veces para iniciar cualquier tema de debate si estoy en modo «terapia», cómo él dice. ¡Cualquier paso en falso puede desatar una guerra nuclear!

Pero también estoy aprendiendo a mirar atrás de la manera correcta, tomándome mi pausa, para seguir avanzando. Porque tenemos todo un camino que nos queda por recorrer, y tenemos que hacerlo con todas las ganas de vivirlo.

Contamos con una experiencia de vida que no puede ser otra cosa que un arma a nuestro favor y todavía juventud para acomodar nuestras historias. Entonces, soltemos los lastres que nos impidan avanzar, hagamos las paces con las viejas heridas, tomemos las riendas de nuestros anhelos y sigamos guerreando sin miedo a volar.